Un día, hace poco menos más de dos meses, la vida en el edificio cambió de manera radical. Todo por culpa de Maduro, claro. Resulta que una tarde, un grupo de encapuchados quemaba y rompía cosas para hacer su barricada delante del edificio, y claro, se defendían lanzándoles molotovs a la guardia y la policía que pretendían violar su derecho a quemar y romper cosas para hacer su barricada. Esos muchachos cerraban nuestra calle con nosotros adentro en nombre de la libertad. Ellos son nuestros libertadores. Así, una tarde, cuando llegó la guardia nacional a llevárselos presos, nosotros, los vecinos, no dudamos en abrir el portón para que los libertadores se refugiaran en nuestra propiedad privada, inviolable, sagrada, aún en esta dictadura comunista. Entraron corriendo con sus escudos, con sus capuchas, hediondos a gasolina, pobrecitos. Esperábamos que algunos de ellos subieran a sus apartamentos, con sus papás, pero ninguno se movió de la planta baja. Parecían no saber, no tener a dón...
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